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3 de abril de 2017
El político del millón
Gustavo Vera devolvió un millón de pesos de su salario para distintas entidades del bien público. Para que no haya dudas ante este gesto "que no es mera caridad sino justicia", como lo definió el Papa Francisco, este legislador porteño deja todo registrado ante escribano público.

Además lleva a su equipo de prensa que filma y fotografía cada una de las devoluciones salariales que otros llaman donaciones. No sólo esto, también difundió su recibo salarial y los tickets de transferencia bancaria que benefician a diversas entidades como comedores, escuelas, hospitales o iglesias.

 

Vera alquila en el barrio de Boedo, y así anduvo en los llamados 100 barrios porteños siempre alquilando. Su único patrimonio es una moto que no supera los 6 mil pesos, así figura en su declaración jurada que también fue publicada y difundida públicamente. "Llegué como legislador con esa moto y me voy a ir con esa moto".

 

Es llamativo su ingreso a la política donde en general predominan las relaciones de familiares de poder o el dinero. Por el contrario Vera se consagró legislador porteño encabezando una lista multipartidaria sin partido, y turnándose con su trabajo, ya que por las mañanas cubría sus clases en la Escuela Primaria Pública N° 10, del barrio de Villa Lugano, y luego del mediodía se dedicaba a la campaña electoral que lo llevó a convertirse por primera vez en un parlamentario.

 

Antes de su rol en la política electoral Vera tuvo décadas de militancia sindical, y a partir del 2001 lideró una de las asambleas barriales más grande de ese momento conocida como la Alameda, en honor al bar recuperado del barrio Parque Avellaneda que llevaba su nombre al momento de la quiebra.

 

Esta ONG se hizo conocida porque a lo largo de diez años construyó comunidad a través del comedor comunitario, de emprendimientos de trabajo, y por tramitar los documentos a miles de inmigrantes. Todo esta tarea construyó confianza con inmigrantes sometidos en el submundo de la esclavitud moderna en la industria de la moda.

 

Las denuncias de talleres clandestinos, y la asistencia a estos inmigrantes conformando cooperativas de trabajo sin patrón y sin esclavitud, fue su primer gran lema de cara a la sociedad y sobre todo a los medios de comunicación a través de las cámaras ocultas que registraban el abyecto mundo de la esclavitud laboral en plena Ciudad de Buenos Aires.

 

La popularidad de los métodos de reclamo, que son los escraches a los locales de las principales marcas de ropa como a sus talleres, acompañados de las denuncias penales y las cámaras ocultas provocó que llegará a otro de los negocios mafiosos impunes que es el tráfico y explotación sexual de las mujeres y niñas esclavizadas en prostíbulos. Y hasta llegaron a los campos de la provincia de Buenos Aires o en la región cuyana donde el sometimiento es brutal de familias inmigrantes enteras.

 

Los 19 atentados que sufrió la Alameda, sus principales dirigentes y otros miembros de la organización fueron a partir de las potentes denuncias penales y ayuda a las víctimas. Más de cien marcas de ropa involucradas, esclavistas condenados, maquinarias incautadas, prostíbulos escrachados, y funcionarios de los tres poderes expuestos en sus complicidades turbias.

 

Los casos más recordados son la modista Graciela Naum, en su momento la modista de Máxima Zorraguieta, como los talleres de la marca Cheeky de la familia de la primera dama Juliana Awada, como la más importante empresa textil del mundo Zara, por el lado de la trata sexual los prostíbulos del juez de la Corte Suprema, Eugenio Zaffaroni, y las Casitas de Río Gallegos, en la provincia de Santa Cruz, como la foto del actual presidente de la nación, Mauricio Macri, en un narco-prostíbulo en Cancún, México, propiedad del servicio de inteligencia argentino y financista de sus campañas, Raúl Martins.

 

A Gustavo Vera es difícil encasillarlo o etiquetarlo en un tema. En cuanto el poder le ponía el cuadrito de ONG anti esclavitud, se metió con un negocio mafioso y tenebroso como los prostíbulos, y cuando el país se encontraba en vilo en la pelea por la resolución 125 que abrió la disputa del entonces gobierno nacional con el campo indagó con la Alameda en la trata de familias para las quintas y granjas de la provincia de Buenos Aires o en Mendoza.

 

Su primera alianza fue en el 2008 con la organización de cartoneros o recuperadores urbanos. El Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), que lidera el abogado Juan Grabois, la organización cartonera más grande del Conurbano que trabaja en la Ciudad de Buenos Aires se unió a la Alameda para dar pelea en contra de prostíbulos y esclavistas en el campo.

 

En esa época por los atentados sufridos por ambas organizaciones mediante una carta llegaron al cardenal, Jorge Mario Bergoglio. Del primer encuentro de Vera, Grabois y Bergoglio nacieron las misas por las víctimas de trata y la exclusión en Plaza Constitución. Esa relación nacida al calor de las denuncias y la protección de costureros inmigrantes, cartoneros, ex prostitutas, y denunciantes individuales que se jugaban la vida en contra de jefes policiales o capos mafias fue tejiendo una amistad que perdura hoy con el hermano mayor de todas las religiones, y quizás el argentino más importante de nuestra historia.    

 

En el 2011 las cooperativas de trabajadores costureros y cartoneros sumaron a las fábricas recuperadas y los trabajadores del Plan Argentina Trabaja para conformar una Central de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP). Esta red gremial de trabajadores sin sindicatos buscaban el reconocimiento justamente de los estatutos de los gremios que no le permitían su ingreso y por ende estaban fuera de toda central sindical que los protegiera.

 

La ruptura del gobierno de Cristina Fernández con el movimiento obrero organizado, que llevó al nacimiento de la CGT Azopardo, provocó la desviación del camino de la CTEP para ingresar a la CGT y por lo tanto quienes estaban aliados hacía tiempo se distanciaron.

 

El año 2013 fue bisagra para que la Alameda diera el salto electoral. Es que en febrero de ese año el mundo se conmovía con la renuncia de Benedicto XVI. Bergoglio se dirigía a un segundo cónclave para elegir al vicario de 1.200 millones de católicos.

 

Por esa época, Gustavo Vera sabía que Bergoglio en el 2005 había cedido sus votos para resolver la fumata blanca en el Vaticano. La debacle por la corrupción y los casos de pedofilia provocaba que los cardenales dieran un golpe de timón, y ya se decidieran mayoritariamente por el porteño jesuita.

 

Ese 13 de marzo de 2013, por la tarde, en la esquina de Lacarra y Avenida Directorio, sede de la Alameda, se gritaba con euforia alegría y se lloraba de la emoción que el hombre de blanco que miraba hacia la Plaza San Pedro era el padre Jorge.

 

El líder de los católicos era el cardenal, que como un cura raso, se acercaba en el colectivo 126 para bautizar a los hijos de los costureros que salían de talleres clandestinos, o encabezaba una misa por justicia para las víctimas del incendio del taller de la calle Luis Viale en el barrio de Caballito, y que también había compartido la misma comida del comedor comunitario como el lanzamiento de una marca de ropa internacional, No Chains.

 

El salto era inevitable. Entonces la Alameda volvió a romper el molde y jugó su prestigio de tanto años de esfuerzo y trabajo para lanzarse a la política electoral. Porque su lema es poner el poder al servicio del pueblo. Y dijeron que debían demostrarlo también en el campo de la función pública, que esto era posible, que existe la esperanza de lograrlo.

 

Su plan se cumplió, ya que que encabezaron la lista de legisladores porteños, de un frente de siete partidos, sin ellos ser partido, que se llamó UNEN y que realizaron con Fernando "Pino" Solanas al senado y Elisa Carrió en diputados. Vera marcó la cancha de entrada al prometer que el sueldo no sería gastado en forma personal para sí, ni su organización, sino que el destino sería la necesidad del pueblo.  

 

Ello se cumplió. Y la amistad con el Papa Francisco influyó con determinación en esta actitud de jugarse el pellejo también en la política electoral, de devolver el sueldo para ser ejemplo concreto de coherencia y para conformar una herramienta electoral con un lema muy pregonado pero poco aplicado. Bien Común (nunca antes un partido llevó esta denominación) que recién nació en septiembre de 2014, o dos años después de participar en política, y se arriesgaron a presentarse a elecciones sin siquiera contar con un local partidario a la calle.

 

Haber devuelto un millón de pesos de su sueldo y no contar con una estructura partidaria de décadas como la mayoría de los partidos no afectó su rendimiento parlamentario. Por el contrario Gustavo Vera se ubicó en el quinto lugar de los legisladores más productivos en el 2016, siendo que los otros cuatro legisladores integran bloques de decenas de personas y con partidos centenarios.


El legislador de Bien Común es fanático de Atlanta. En el entretiempo del "Bohemio" con Deportivo Morón, hace pocas semanas, un hombre que no conocía le ofreció dos departamentos en un barrio acomodado para que no insista en un proyecto de ley. "Flaco devolví un millón de pesos del sueldo. No me interesa", le respondió el diputado fuera de serie de la política vernácula.



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