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1 de junio de 2015
La ira
Hace días, el diputado Francisco De Narváez hizo una demostración de ira frente a un periodista, concretamente lo golpeó hasta sangrarlo. Luego pidió disculpas, pero el hecho estaba consumado.

Por Gabriel Princip

Ésta no es la primera ni será la única demostración de la violencia política que hoy presenciamos.
Pero, ¿qué es la ira? Uno diría es un pecado capital, y no capital por un valor económico, sino por ser cabeza o principal de otros vicios que alteran la moral cristiana. Psicológicamente la ira o enojo es una emoción que se expresa a través del resentimiento, de la furia o de la irritabilidad.
Y en la política, uno se pregunta si hay muchos casos de furia, de ira, de enojo. Sí, por supuesto, ya que es actividad humana, pasional y donde el poder es el objetivo principal de su desarrollo.
Francisco de Narváez fue noticia la semana pasada. Es un precandidato massista a la gobernación, ahora bien una vez que obtenga el ansiado cargo, ¿Qué hará ante el próximo conflicto con la prensa? ¿Le mandará un patrullero, un grupo de tareas o sólo le enviará un par de barras bravas?
Pero como la ira se desenvuelve minuto a minuto mencionemos los últimos casos de este pecado capital.
También De Narvaez había ordenado levantar un programa político de televisión porque no le gustó lo que le habían preguntado. Su colega Mauricio Macri hizo echar varios periodistas de Canal 13 por el mismo motivo que Francisco.
Lilita no puede estar ausente en este tema. En cada declaración, en cada denuncia falsa, en cada presentación mediática la agresión se hace presente. En el caso de la Carrió la ira va acompañada con dos pecados capitales más, la soberbia y la gula.
Enrique Sanz y su catálogo de descalificaciones también marca presencia. Del Sel y D´Elia un combo perfecto. Claro que Del Sel se trepó a la punta del conflicto y parece inalcanzable.
Los medios dominantes viven de la ira. Su equipo de serviles periodistas trabajan horas extras para satisfacer las necesidades de Hector “Burns” Magnetto. Si hay que mentir, se miente, si hay que provocar, se provoca pero la tapa del diario debe producir si o si el enojo de la gente.
También el enojo pasa por Cristina, se nota en sus funcionarios, en su cara y en la mía. Todos nos enojamos de vez en cuando, pero establezcamos alguna diferencia. No es igual la violencia que produce una mentira o una injusticia o un mal día que aquellos que hacen de la ira un culto o una forma de hacer política.
Tampoco es igual la representación en la vida. No es lo mismo el enojo presidencial que aquel del cura que se martilló un dedo.
Por eso no todos somos iguales en este aspecto. No todos hacen de la ira una corriente de opinión. De Narváez siempre reacciona mal ante el maltrato mediático, al igual que Del Sel , Mau o la Carrió.
Pero observamos cómo han reaccionado los funcionarios, incluida la presidenta, ante las tapas de Noticias. Desde loca, bipolar hasta dibujar la más atrevida posición sexual para analizar política se editó en esta revista. No hubo contestación, no hubo golpes tampoco se dio identidad. Lo mismo le pasó a Aníbal Fernández, Héctor Timerman, entre otros.
Por eso aquellos propaladores de divisiones, aquellos que hablan de la fragmentación, aquellos que dicen que hay crisis, los que denuncian delitos inexistentes son los más grandes portadores de ira, al cual también le agregan una alta dosis de envidia.
Por eso, el hecho producido por el precandidato renovador no hay que olvidarlo, al igual que el candidato de la misma corriente que en Bahía Blanca fue uno de los responsables de la pueblada que incendió comisaría, municipio y linchó a un inocente. Tampoco olvidemos a Graciela Camaño y su continua agresión a la vida, menos a su esposo o la familia Moyano. En una palabra, ellos son la esencia del peornismo. Tampoco dejemos de recordar a la derecha, hoy con los globos amarillos en posesión de Mauricio, Elisa y otros descalificadores seriales. Ayer, en los años de plomo con los habitantes del horror en la Casa Rosada. Finalmente, la ira es un pecado capital y quizás también el único capital de fracasados dirigentes.



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