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24 de junio de 2015
Hipocresía y el Gran Bonete
Aquel día no solo explotó el estadio de River, sino que el país vibraba. Se desataba la fiesta y a nadie le preocupaba que los festejos se hicieran durante un proceso militar.

Atrás quedaba Holanda y éramos campeones del Mundo.
A cuadras de River, en la ESMA, los detenidos también festejaban.
Todo quedaba atrás. Era el milagro de la pasión del futbol.
A pocos le preocupaba saber cómo nos habíamos clasificado en Rosario, haciéndole a Perú todos los goles necesarios para ser finalistas.
A ninguno se le ocurrió imaginar que arreglamos el partido.
Desde Mendoza había partido la delegación de cuatro brasileños con dinero de los cafeteros para incentivar a Perú. Nunca pudieron llegar a Rosario. Los servicios de inteligencia, con distintas excusas, los entretuvieron.
Años después, un gobierno democrático que había querido cambiar a Bilardo por Saporiti por presión de la Junta Coordinadora Radical, festejaba.
A nadie le importó, y me incluyo, que Maradona hiciera un gol con la mano. Menos mal que después Diego hizo el gol más espectacular de la historia de la Copa.
Creíamos que haberles ganado a los ingleses era la venganza de Malvinas.
En 1930, en la primer Copa del Mundo, los uruguayos, a quienes llamamos nuestros hermanos, festejaban por la 18 de Julio el triunfo 4 a 2 sobre la selección argentina y arrastraban por el piso la bandera nacional.
Ese día, los nuestros arrugaron y el referí también.
Los ingleses, en 1966 organizaron su propia Copa y un referí alemán echaba a Rattin y un inglés, a dos uruguayos, para que la final fuera anglosajona.
Otro corrupto, Codesal, nos privó de otra Copa del Mundo.
Y así podríamos estar, contando detalle por detalle, los arreglos, la compra de partidos y la corrupción desarrollada desde que se instaló el profesionalismo en todo el mundo.
Ahora falta que Cristóbal López logre el Prode Bancado para terminar de descomponer todo.
Pero lo grave es la hipocresía de los dirigentes y de nosotros, los periodistas. Todo se justifica. Se inventó el empresario y el intermediario, con el solo objetivo que en el medio quede la diferencia para la coima.
Y todo se hace por nuestra propia pasión. Se organiza la mayor estafa a los sentimientos, que es la organización del futbol. Se prostituyó con la privatización de la televisión y se agigantó el monstruo manejado por el Estado políticamente.
Ahora todo parece sorprendernos, pero los socios justifican el gas pimienta o el plateista, un botellazo al línea, supuestamente en defensa de unos colores.
Triunfadores en la vida particular, quiebran clubes. Dirigentes que protegen barras delincuenciales, que a su vez son usadas políticamente.
Migraciones, en el Mundial de Sudáfrica, dejó salir libremente por Ezeiza a delincuentes prontuariados, so pretexto de que pertenecían a Hinchas Unidas.
No sirve hacerse el sorprendido. Que el muerto Julio Humberto Grondona era el padrino, lo sabían todos, desde Cristina Fernández hasta el portero de la AFA.
Pero Julio está muerto, sería bueno que la justicia fuera por los vivos. Diego dijo: “la pelota no se mancha”. Y como no se puede manchar, la cercaron, no pueden ir los visitantes, hay futbol de lunes a lunes, y se inventaron las barras oficiales y las no oficiales, donde se sacaron la careta. Ya no luchan por los colores, sino por los negocios. Pero esto recién empieza. Y no nos preocupemos tanto. Si le ganamos a Colombia con un gol en offside, o con un penal que no fue, yo estaré con ustedes festejándolo.
Lo justificaremos diciendo que la pasión no se razona y todo se justificará cuando el capitán Messi encabece la fila india, sin preocuparle a nadie que su padre y Lio van a juicio oral en Barcelona por evasión fiscal.
En Italia desapareció el Parma, y un argentino, Cosentino, fue detenido por arreglar partidos.
A la Conmebol le faltan diez millones de dólares para pagar los premios de la Copa América de Chile.
¿Quién se los llevó? Yo señor… No señor… Pues entonces, quién los tiene?
Los que alguna vez cabeceamos una pelota con tiento sabemos que dolía. Las de ahora no duelen cuando uno pone la cabeza, pero las cabezas que manejan el futbol hacen sangrar la pelota.

Miguel Angel de Renzis



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