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23 de julio de 2015
Un hombre y una mujer - Por Gabriel Princip
Cierta noche, en los límites del planeta, se reunieron bajo un frio gélido las características de la mujer y las del hombre. Ambas se exiliaron de los cuerpos para tener un mitin y decidir cómo debería seguir el mundo con amor porque, finalmente, es todo lo que necesita.

Por Gabriel Princip.

Desde la mujer llegaron al sitio la belleza, la estética, el amor maternal, el sexto sentido, la honestidad y la competencia.
Llegaron portando banderas representativas del hombre en la tierra, la nobleza, la sinceridad, la hombría, la confianza, la fuerza, el engaño, la constancia y la fealdad.
La sesión dio comienzo y cada uno tenía un largo discurso preparado. El objetivo de la mayoría era lograr imponer el amor en el planeta, a pesar de una minoría automática que quería conservar la mala onda planetaria con una sensación clara de odio generalizado.
“Nosotros proponemos que terminen las guerras, que las dictaduras vayan acabando y que reine un sistema de gobierno con cierto glamour”, proponía la belleza. “Apoyo la idea”, sintetizó la honestidad.
La confianza también se solidarizó pero le costaba creer que se llevara a cabo. La competencia, a pesar de pertenecer al mismo bloque, votó en disidencia. Es más, acompañó esta idea con cierta crítica. “Pregunto, ¿Si se acabaran las guerras, todo muy lindo pero como sabemos quién es el mejor, el más lindo y el más guapo del planeta?” La competencia no podía con su genio.
La estética entendió y apoyó la idea, “Si ya el mundo como está no tiene una visión glamorosa de la vida”. El amor maternal, la sinceridad, la nobleza y la constancia acompañaron la moción. Estos votos siempre son necesarios en la búsqueda del amor total.
“Momentito” gritó y pidió la palabra el sexto sentido. “Está todo bien, muy lindo. La confianza confía y la mayoría acuerda pero algo me dice que no es de hombres vivir en paz. Y no le creo a la hombría y a la fealdad que acaten el dictamen firmado en esta reunión”.
“Y un poco de razón tiene el sexto sentido”, sentenció la competencia. “Para ser sincera, coincido con el sexto sentido”, dijo la sinceridad a lo que también se sumó la honestidad quien aseguró, “Para ser honestos, nadie cree en la paz, tenemos miles de años de historia donde los hombres solo buscaron poder a través de guerra, la sangre y el dolor”.
La discusión se fue acalorando. Todos opinaban cual mesa de café porteño. Las primeras coincidencias se ahogaron en el mar de la duda. El mismo que bordea el territorio de la maldad.
Las discusiones vibraban por su pasión, su locura y su negativa a perder. Hasta que finalmente el sexto sentido dejo su sentir a un lado. En esos momentos, el razonamiento de la fealdad, que no se veía en un acto cargado de belleza en el mundo, cesó. También la fuerza y la competencia se vieron desbordadas. La competencia dejó de competir cuando la fuerza cayó en un discurso tan poco conveniente como débil.
La mayoría finalmente logró con su voto postergar la mala onda para imponer democráticamente el amor en el mundo. A favor votaron la nobleza, la sinceridad, el amor maternal, la belleza, la estética, la hombría, la confianza, la honestidad y la constancia.
La buena onda se había impuesto. A pesar del voto no positivo del sexto sentido.
Y a partir de ese momento, lo mejor de sí del hombre y de la mujer volvieron a sus cuerpos y penetraron en sus respectivas almas. El fin se había logrado. Dicen los que saben que cuando un hombre y una mujer van en la búsqueda del amor logran su objetivo muy a pesar del engaño, la competencia y el sexto sentido. Y la razón es tan simple: todo lo que el mundo necesita es amor.



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