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OPINIÓN

31 de julio de 2015

Con mi plata - Gabriel Princip

En una Nación fácil es determinar que, con el pago de impuestos, el estado decide cómo y dónde emplear el total de la recaudación. Lo usual es que vaya a salud, educación y vivienda. Si el gobierno transita el camino de lo nacional y popular, también colocará fondos para la cultura, la ciencia y el deporte. En aquellos que abordan la economía liberal como razón de ser, recaudarán y ahorrarán cada peso para tener un gran capital y poder destinarlo a obligaciones financieras y actos donde el pueblo solo será un mero observador.

Por Gabriel Princip.

En los últimos años, se acuñó la frase “con mi plata”. Y solemos escuchar en medios radiales, redes sociales y carta de lectores indignados mensajes de ciudadanos que elevan su quejan contra el gobierno por el uso que se le otorga a lo recaudado.
“Con mi plata se paga 678, una vergüenza” “No podemos sostener el Fútbol para Todos en lugar de construir más hospitales” “¿Por qué tenemos que bancar a los vagos y marginales con planes, con mi plata?” “Que trabajen como hago yo” “¿Para qué darles plata de mi esfuerzo si después se drogan y tienen montones de hijos?” “Seguimos bancando la televisión pública, con mi plata” “Recitales gratuitos, eso lo pagamos todos” “Basta de demagogia con mi plata”. Y así, un sinfín de frases que parten de la más supina discriminación para culminar en una ignorante descalificación del ser humano.
No está de más decir que por lo general aquellos distribuidores de la frase “con mi plata” siempre están flojos de papeles. Es más, la AFIP acuñó el término “enanismo fiscal”. Son aquellos que pagan en forma continua su monotributo, pero no en forma correcta, es decir, un poco menos. De igual manera, la AFIP no los persigue “porque al menos abonan”.
Otra porción de la población fiscalizadora de la recaudación directamente ignora sus obligaciones. Con la frase: “yo no banco políticos o no me van a usar para solucionarles la vida a los vagos” directamente no pagan ni el café.
La edad promedio de aquellos que se especializan en estafar al estado y dar cátedras de moral ronda los 50 años. Su ignorancia supina y egoísmo material les impide conocer que así como con su plata se genera ayuda social, se pagan jubilaciones que algún día le tocara a él, también se mantiene el campo de polo en la Avenida Libertador o la antena que posee Canal 13 para transmitir.
En una palabra, lo público que mantiene el estado no es sólo para una clase social, sino que tiene una idea democrática. El Colegio Nacional, donde brillaran ilustres próceres, también se mantiene con la plata del ciudadano, aquellos que asisten y se reciben en la UBA lo mismo, la paga al policía también, así como maestros, ferroviarios y médicos que pueden salvar la vida de algún opositor al gobierno propalador de frases tan escaso de ingenio como estúpidas, como decir: “Con mi plata los mantengo”.
Para graficar el texto, uno entra en el túnel del tiempo y recuerda la película Mercado de abasto, interpretada por Tita Merello y Pepe Arias. Donde el cómico personificaba a un comerciante que jamás pagaba impuestos y huía de un inspector que infructuosamente quería cobrarle. Hasta que el hijo de su amada enferma gravemente y es curado en un hospital público. El hombre agradecido pretende hacer una donación y le explican que mejor pague los impuestos porque el estado con la plata de todos había salvado la vida de ese chico. A partir de ahí comprendió, pagó y nunca más se quejó.
Quizás esta escena deba repetirse en muchos habitantes confundidos de la Argentina de hoy. Aquellos que creen que Tecnópolis es Negrópolis. Y no entienden que durante un paseo que dura una jornada y gratis el chico se acerca a la cultura y a la ciencia. Le cuesta entender que un plan social de 862 pesos no es una fortuna y permite que mucha gente tenga algo para empezar y buscar trabajo y también se engrosen las arcas del ANSES para poder realizar beneficios para el consumo de personas alejadas de la idea de compra. Por eso, la frase “con mi plata” debería ser un canto a la vida y no un grito desesperado de resignación y odio.

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