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OPINIÓN

4 de agosto de 2015

Utopias - Por Gabriel Princip

Cuando una mujer pretende a un hombre para ser el eje en su vida, medita, piensa internamente y condiciona al ser que lo acompañará. En su más profundo ideal pretende alguien de metro noventa, ojos claros, rubio, sensible y de buen humor, amigo en las buenas y en las malas, el mejor amante y el mejor socio de aventuras, silencioso, calmo, prudente y paciente.

Un buen padre y mejor yerno. Intelectual, lector, escasamente ansioso y buen plomero. Mejor electricista, un gran deportista, sumiso hacia dentro y un Che Guevara hacia afuera. Democrático, elegante y un suplente de Albert Einstein. También quieren que se encargue de la casa, los chicos, la comida y las compras. Sólo esas condiciones ponen las mujeres en su interior. Finalmente se terminan casando con alguien con escasas pretensiones pero que puede ser el gran amor de su vida. En una palabra, buscan siempre la utopía para finalizar en “es lo que hay”.
En política ocurre algo parecido con el ciudadano irónicamente llamado independiente. Pretenden una mezcla de Perón, Néstor, Cristina, el che Guevara con el silencio de Scioli, la transparencia de Gandhi, la honestidad de Cristo y el apego a las cadenas nacionales de Fernando de la Rúa, con un esquema económico liberal y sin tanta pretensión militante. Otra utopía.
Pero empecemos por definir que es una utopía. El diccionario, en su versión politizada, nos cuenta que es un plan o sistema ideal de gobierno en el que se concibe una sociedad perfecta y justa donde todo discurre sin conflictos y en armonía.
Y es ahí donde el votante se equivoca. Le gusta Randazzo pero no el peronismo, le encanta López Murphy pero le asusta el liberalismo, participa de la idea de Macri pero lo ve escaso de carisma, votaría a Scioli pero le recuerda un pasado noventoso, elegiría a Lilita pero sigue creyendo que todos los patitos no los tiene en hilera y así una serie de inconexiones que lo lleva si o si al anarquismo suicida o la utopía jamás dispuesta a cumplir.
José Ingenieros, en los principios del siglo 20 decía: “En la utopía de ayer se incubó la realidad de hoy, así como en la utopía de mañana palpitaran nuevas realidades”. Quizás el escritor intuyó un gobierno como el actual o quizás no.
Si calificamos al modelo político actual podemos alejarnos un momento de José Ingenieros y pensar en Anatole France cuando supo escribir “La utopía es el principio de todo progreso y el diseño de un futuro mejor”.
Por aquí puede pasar el colectivo de Daniel Scioli, del progreso a un futuro mejor. Si está dispuesto a seguir un modelo, si se plantará ante el poder real a sabiendas que irán por él, cuando no sea sumiso al orden mundial. Scioli ya sabe que apenas Maduro suplió a Chávez fueron por él. Comenzó su último mandato Dilma y no cesa de esquivar palos en la rueda. Hoy la actualidad brasilera no es la mejor, el poder real quiere su cabeza. Este mismo poder dejará que se vaya Cristina y seguramente irá por Scioli, de él depende la concreción de una utopía como la definiera Anatole France.
Quizás Scioli no pueda seguir el proyecto k. Alguna vez Carlos Dossi dijo que “la utopía de un siglo a menudo se convirtió en la idea vulgar del siglo siguiente”. Un siglo no pasó. Sólo 12 años, pero ni bien Cristina Fernández abandone el gobierno, la militancia lo sentirá. Aquellos vulnerables también, al igual que una parte de los jubilados, una porción de la clase media y la mayoría de los jóvenes.
Ellos penetrarán en la cabeza de Gunter Grass y entenderán cuando este dijo que “melancolía y utopía son la cabeza y cola de la misma moneda”.
Pero además del peronismo, otros participan del cambio de gobierno y también tendrán sus utopías. Claro que éstas estarán enmarcadas con el color, candor y dolor que propone la derecha. El lugar desde donde nos hablan Macri o Massa. Desde allí hacen campaña con algunos efectos de sonido propios de la izquierda y algún ruido peronista, pero por más que la mona se vista de seda, mona queda. La derecha sólo es pundonorosa en campaña, en el gobierno no tiene piedad.
Siempre la derecha se la emparenta con golpes uniformados, golpes blandos o “ajustes a los golpes” al decir de Miguel Broda. Jorge Luis Borges supo escribir las dictaduras podrían ser buenas, pero no lo son. Porque la dictadura ilustrada es una utopía y las militares son los peores.
En la práctica, la utopía de la derecha es llegar al poder y subordinarse al orden mundial con una idea primaria que parte del norte y es reducir la población mundial. Al menos esto se decidió en junio de este año cuando los dueños de la pelota se reunieron en Austria. Allí, fijaron el destino de Grecia que demoró dos meses para acatar la orden.
¿Cómo colaboraría la derecha en la Argentina? Fácil: ajuste más devaluación sin protección social, sin contención, inclusión y participación, reduce la vida sí o sí. No se hace falta una guerra para lograr la muerte de la población no querida, con un buen ajuste se llega al mismo objetivo.
Pero está en nosotros no caer en la trampa. Esquivar el insulto a cualquier hombre del campo popular, entender a aquellos candidatos que no se reúnen en Austria para traicionar a sus pueblos y seguir por el campo nacional. A pesar de ser utópico, que el pueblo argentino logre esquivar al poder económico. Vale la pena intentarlo.
Michel Foucault entiende que en realidad hay dos especies de utopías, las utopías proletarias socialistas que gozan de la propiedad de no realizarse nunca y las utopías capitalistas que, desgraciadamente, tienden a realizarse con mucha frecuencia.
Claro que si entramos en el rincón de la memoria podemos acordarnos de como la pasaba un trabajador en 1945 y cuando escuchaba hablar de Perón creía que era una utopía. Pero en parte se convirtió en realidad con la llegada al mundo laboral de los derechos del trabajador. Y en los comienzos de este siglo, ver una Argentina en crecimiento también era una utopía y, sin embargo, parte ya es realidad. Foucault es difícil de discutir, pero al menos para parte de la población argentina de vez en cuando alguna utopía se cumple.
Para otra parte, la utopía todavía no se desarrolló. El político honesto, transparente, con un equipo más bueno que Lassie atada, eficientes en un 100 por ciento sin errores para comentar, liderando al 100 por ciento de la población con la tapa de los medios dominantes a favor difícil que se logre, no por los dirigentes sino por el poder económico.
Quizás la utopía tenga para la política un costado más romántico y en lugar de pensar en José Ingenieros, Borges o Foucault nos detengamos a leer y pensar en Eduardo Galeano cuando escribía que “la utopía está en el horizonte, camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá”. Entonces, ¿Para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.

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