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OPINIÓN

7 de agosto de 2015

La moral argentina - Por Gabriel Princip

El militante de la media clase suele emplear sin solución de continuidad términos como moral, honestidad, decencia y todo aquel concepto que sirve para descalificar sin sentido apropiado al habitante de otra clase.

Aquellos cultores del peronismo suelen ser descalificados por la inmoralidad de sus dirigentes. Claro que, en más de una oportunidad, quien coloca el dedo acusador no es alguien candidato a una beatificación.
Bibliográficamente, la moral es aquel conjunto de creencias y costumbres, reglas y posicionamientos de una determinada sociedad.
Muchos han escrito sobre ella, mucho se ejemplifico y también bastante se calificó.
Bertrand Russell supo decir que “la humanidad tiene una moral doble, una que predica y no practica y otra que practica y no predica”.
Cuanto censor hemos conocido en otras épocas que se llevaban los cortes prohibidos a sus casas, siguiendo la línea de Rusell. O cuanto dirigente político sigue este camino. Ver a Mauricio Macri preocupado por la pobreza en un spot o Elisa Carrió delirando en un almuerzo con Mirta Legrand, reafirman la teoría mencionada.
Giuseppe Mazzini escribió que “el verdadero instrumento del progreso es el factor moral”. Y esto se puede observar en las clases humildes donde el valor imperante es el trabajo, cualquiera sea, que le permite sobrevivir en pobres lugares aguantando los temporales climatológicos y aquellos discriminatorios que provee el medio pelo.
¿Esta es la verdadera moral argentina? Es probable, pero también existen clases acomodadas que emplean en forma continua este término. Aquellos que por costumbre tiene olvidos fiscales, pingues ganancias y despóticos conceptos hacia la equitativa distribución de los ingresos.
Quizás aquí, en este punto, se encuentre a uno de los protagonistas del disconformismo actual de clase medias y media altas.
Nunca como en estos últimos doce años han crecido los sectores más pudientes. El Banco Mundial emitió un comunicado en el 2009 informando que la clase media se había duplicado. En el 2011 una consultora norteamericana hizo un estudio similar y llego a la misma conclusión que el Banco Mundial.
También, los sectores bajos crecieron pero estos no se hicieron presentes en el mar de la queja. ¿Por qué entonces los pudientes se convirtieron en quejosos seriales? Aquellos que son protagonistas de la política, si eran beneficiados con algún cargo sonreían, si esto no pasaba se transformaban en eternos detractores. Aquellos que no entraban en el juego partidocrático empleaban la queja como charla cotidiana porque observaban una igualación en las clases. No les importaba ganar más y más. Seguían viajando a Europa con la consigna que no se conseguían dólares y que Argentina vivía en una dictadura. Los calificativos se potenciaban porque en realidad aquello que molestaba era la Presidenta en cadena otorgando computadoras, beneficios para los jubilados, renovación en los trenes, qunitas , etc. En una palabra, la ampliación de derechos en vivo y en directo que determinaba una mejor distribución de la riqueza, causaba escozor en las clases pudientes.
Y esa moral con olor a justicia nos recuerda al líder negro Martin Luther King cuando en un acto en los confines de la década del 60 expresó “el brazo del universo moral es largo, pero se dobla hacia la justicia”.
Por eso no podemos demostrar exactamente cómo es la moral argentina pero si decidimos arriesgar algunas fichas. Aquellos con menos suerte en el mundo capitalista conservan un formato de vida más humanista, más cristiano y más cercano en el afecto a aquellos gobiernos que hicieron posible su crecimiento.
Las clases pudientes, aunque hayan aumentado su patrimonio, desean lo peor para aquellos dirigentes que determinaron que sus sirvientes se hayan convertido en empleados. Inoculan odio en forma constante por aquellos políticos que utilizaron su plata para el avance en la educación, la cultura y la ciencia y permitieron el crecimiento de aquellos sumergidos.
Pero también existe una moral en los jóvenes. Hoy, una juventud involucrada la mayor parte, participativa e incluida. Quizás unas minorías provenientes de hogares que encontraron la mesa servida no toleren esta forma de ser y también tengan otra moral.
José Ingenieros en las fuerzas morales escribió, “la juventud escéptica es flor sin perfume. Dos jóvenes sin credo se forman cortesanos que mendigan favores en las antesalas retóricos que hilvanaran palabras sin ideas, abúlicos que juzgan la vida sin vivirla, valores negativos que ponen piedras en todos los caminos para evitar que anden otros los que ellos no pueden andar. El hombre que se ha marchitado en una juventud apática llega pronto a una vejez pesimista, por qué no haber vivido a tiempo. La belleza de vivir hay que descubrirla pronto, o no se descubre nunca”. Aunque Ingenieros no vivió en los 90’ la supo predecir. Era el retrato de la moral juvenil de esos años.
En cambio, para estos lares de la historia también podemos recurrir al mismo escritor cuando dijo que “sólo el que ha poblado de ideales su juventud y ha sabido servirlos con fe entusiasta puede esperar una madurez serena y sonriente, bondadosa con los que no pueden y tolerante con los que no saben”.
Hoy la moral joven pasa por estas últimas palabras del filósofo. Pero en definitiva se nos hace difícil discernir cual es la moral argentina. La joven, la vieja, la uniformada, la democrática, quizás la de aquellos ricos en espíritu y no tanto en riquezas materiales. Pero también se hace difícil uniformar la moral en todo un pueblo con actitud y solidario, cuando existen medios que invaden nuestras casas mostrándonos todas las miserias humanas en vivo y en directo. ¿No le parece?

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