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23 de septiembre de 2015
El contratista-Por Gabriel Princip
Doce años de gobierno del matrimonio Kirchner sirvieron para poner de pie a la Argentina. En esa docena de almanaques hubo gente que disfrutó, creció y fue feliz.

La Plaza de Mayo, las marchas, el face, las canchas y un sinfín de lugares fueron parte de la escenografía de felicidad K. También hubo un sector de la población que fue a la cocina, tomó un objeto para ellos inservible y pretendió cambiar la política y el cepo cambiario. La cacerola en la Plaza fue tan inútil como el fraude de Cano.
En este último espacio se multiplicaron los personajes. Las redes sociales fueron testigos absortos de sus declaraciones poco asimilables a Winston Churchill o Barack Obama. Se cansaron de pegar fotos de patriotas con frases viejas para denostar al gobierno y las fueron reenviando, sin saber, por falta de lectura, el contexto histórico de cada sujeto y predicado.
Tampoco el facebook fue único testigo de estos miembros pertenecientes a la corriente “Patricio Contreras, vuelve”. Caso notorio, el de un amigo, no fundamental por su fama pero si por sus frases originadas en el medio pelo aliado a la media clase y vocero de la estupidez humana.
“Este gobierno es malísimo, ¿Cuánto puede durar con este dólar? Seguro que en un mes se va a 20”, afirmaba en los finales del 2003. A partir de este año, el arquitecto comenzó con su campaña de concientización: “Luche que se van”.
Todos los días, todas las noches, todos los feriados encontraban una frase de algún lobista, expulsado del mundo intelectual, para anunciar el fin del mandato K. “Yo soy un demócrata pero esto no da para más”, anunciaba en el 2004.
“Todo lo que se roban. No hay justicia, no hay oposición, nadie nos defiende de estos delincuentes”, su frase preferida en el 2005. Año de pleno crecimiento y el arquitecto no cesaba. Inútilmente trató de construir el club de la mala onda. El criterio y sentido común le negaron el permiso, pero al menos pudo consagrarse como fanático número uno del espacio Mirta Legrand, “Sabe y puede. Por la liberación nacional”.
“Esto así no va, se chorean todo”, aseguró en el 2006.
“No es tan así, Eduardo”, contesté.
“Pero encima no se organizan. Porque hasta la coima debe ser tabulada”
“¿En serio lo decís?”
“Por supuesto. Si cada político tendría un porcentaje o una cifra determinada para coima y ésta figurara en el presupuesto, el país no lo sentiría”
“Eduardo, no debe haber coima, y si la hay, ¿Cómo la vas a institucionalizar?”
“Nada, nada, la organización vence al tiempo decía tu general. Bueno organicen la coima, compartan y nadie dice nada”.
Sin palabras.
El país le decía chau al FMI, adiós al ALCA, bienvenido crecimiento y el arquitecto no cesaba en la construcción del anti. “Anti todo. Estoy en desacuerdo” parecía decir en su perfil.
Las conspiraciones anti K pasaban por el face y les daba tiempo y espacio en sus charlas. Se transformaba en el colectivo de la mentira al escuchar al barbado cipayo de radio con nombre de genocida. Todo estaba mal y tenía la esperanza de que iría peor.
En el cajón no estaba Néstor, el velatorio lo armaron con extras porque tanta gente no pudo apreciarlo, Cristina es mujer, ¿Qué sabe para manejar un país?, seguidilla de frases donde el INADi se hacía un festival. Pero a pesar de todo es amigo o al menos conocido con antigüedad.
Hincha fanático de San Lorenzo votó a Filmus por el proyecto de traslado de la cancha, pero también en la misma elección votó a Macri, por contrera nomás.
Luego Carrió, Lousteau y cualquiera que hablara mal del gobierno era votado por el arquitecto. La lectura no era su pasión, Jauretche, Hernández Arregui y Cooke le sonaban más a una delantera del 55’ de Tristán Suarez. Pero la opinión era su disparador hacia el mundo intelectual de la política del siglo XXI.
Pensaba de la misma manera como cuando analizaba un partido de futbol.” Si el presidente no va, se lo saca. ¿O no se saca un técnico cuando el equipo pierde?”. Frase fundamental de su historia política.
Pero el arquitecto no cesaba en su participación barrial de la opinión contraria a la contra y cualquiera que se le plante. Escorpiano y casado con una rubia docente y criteriosa, no perdía el tiempo en cambiar el dial de la radio para alcanzar cualquier programa que avalara su discurso.
Así exponía cualquier chisme no chequeado con una frase que oficiaba de certificación: “Lo escuche en la radio”. El arquitecto creaba historias virtuales en su pensamiento y a partir de allí lanzaba su contraria opinión.
“Habrá un golpe de estado contra Macri, y lo suplirá el senador Pichetto o los K irán por los plazos fijos”, fueron dos frases ilustres del último lustro.
“Imposible que un senador de Rio Negro remplace al jefe porteño”, replique. “Y los plazos fijos, no. No puede ser tanta histeria resumida en una persona”, aseguré.
“Falta que me digas que la tarjeta SUBE será usada para la persecución fiscal y estamos hechos”
“Y si”, dijo Eduardo, lo escuché en un programa en la noche del sábado de Radio Colonia.
“No, descansa un poco. Dale vacaciones a la mala onda”, dije.
Kirchner murió, Cristina fue presidente dos veces, se ampliaron numerosos derechos y el arquitecto votaba sin discriminar a cualquiera que hablara mal de los K. Obviamente nunca triunfo, jamás saboreó una victoria y su público cautivo tampoco supo entender su filosofía. El estilo del arquitecto Eduardo Redenski es el de una minoría, coincide con un sector senil del padrón, con el de aquellos que su único trabajo mientras respiren y permanezcan en esta tierra es el de contratista, o sea, siempre llevar la contra.



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