Martes 7 de Julio de 2020

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OPINIÓN

22 de octubre de 2015

Ellos dicen, nosotros decimos - Por Gabriel Princip

“El 17 fue un día de tragedia para el pueblo argentino que no apoya a Perón y un reto para las Naciones Unidas. Perón reconquistó su puesto de Fuhrer argentino mediante un golpe de falsos partidarios, revoltosos manifestantes y descarrilados. Si se permite que Perón siga en el gobierno, la Argentina mantendrá su posición del virus fascista”, así informo el Miami Dayly News cuando se produjo el 17 de octubre de 1945.

Siguiendo la investigación de Roberto Baschetti en “La Plaza de Perón” encontramos el comentario del New York times con respecto al mismo suceso. “Por raro que parezca, el principal sostén del Coronel Perón, que personifica y resume el fascismo argentino, viene de las clases trabajadoras. Verdad es que parece derivar en su mayor parte de los sindicatos obreros organizados por el propio Perón, pero es significativo que aunque sea sólo una parte de los obreros se haya manifestado a favor de Perón. Ello parece indicar que el dictador argentino cuenta con mayor número de secuaces entre el elemento obrero que el que la mayor parte de las personas le suponía”.
Con estas dos referencias empezaba la relación entre los medios dominantes y el peronismo. El pensamiento nacional era atacado desde el imperio desde el minuto cero. Obviamente que la opinión extranjera tenía su correlato en los medios locales.
Pero la defensa nacional en ese entonces estaba a cargo de hombres como Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche y hasta el mismo Discépolo y Juan José Hernández Arregui un tiempo después. Arregui, en su libro “Imperio y Cultura”, dijo de esa fecha emblemática: “El 17 de octubre no fue sólo una lección para las fuerzas del antiguo orden sino la gigantesca voluntad política de la clase obrera. Su definición a un jefe no se fundó en artes demagógicas sino en las condiciones históricas maduras del régimen de la producción agropecuaria, que superaban los programas de los partidos pequeño burgueses de centro izquierda. La revolución política exigía la reforma social. La recuperación de la economía, enajenada en el extranjero, y la elevación del nivel de vida del hombre argentino explotado son la doble faz de un mismo fenómeno, la toma de conciencia histórica de las masas. Todo el problema político de la Argentina se reduce a esta irrupción consciente de los trabajadores en la historia nacional”.
Mientras el imperio en esa fecha bisagra hablaba del dictador y todavía no había llegado al poder el pensamiento nacional trazaba una relación afectiva entre el líder y las masas. Ellos dicen, nosotros decimos.
Ya expusimos la opinión de Perón con respecto a los medios. Sólo para recordar con exactitud sus palabras: “Cuando teníamos los medios a favor, perdíamos las elecciones. Cuando estaban en contra, las ganábamos”.
Setenta años de vida de un movimiento y su relación con los medios resulta harto difícil explicarlo en unas líneas. Pero optimizando tiempo y espacio, la conclusión es que el poder real y sus voceros nunca aplaudieron con ganas el ideario peronista en el formato de su creador y menos aún con Néstor y Cristina.
Quizás con Carlos Menem el sistema se mostró complaciente hacia el peronismo del riojano. Claro que debemos convenir que la ideología noventosa conducida por el ex presidente no fue el peronismo sino el peornismo. Por esa razón, gobernó diez años entre la ausencia de los sectores más desposeídos y la caricia del imperio.
Arturo Jauretche se refirió a los medios de comunicación y tuvo la claridad para manifestar que “mientras los totalitarios reprimen toda información y toda manifestación de la conciencia popular, los cabecillas de la plutocracia impiden, por el manejo organizado de los medios de formación de las ideas, que los pueblos tengan conciencia de sus propios problemas y los resuelvan en función de sus verdaderos intereses”.
El gobierno K no fue ajeno a la disputa con los medios sobre la base de un pensamiento nacional. La ley de medios es la síntesis del conflicto entre los medios dominantes y los líderes del siglo XXI.
El amplificador mediático hacia la mitomanía de diputados nacionales fue una constante en los últimos diez años. Desde un cajón vacío hasta las cuentas inexistentes de Máximo, pasando por la ficticia mala relación con el Papa o las cadenas nacionales. Cualquier gesto K fue motivo de una tapa en contra de Clarín y su correlato con 700 medios audiovisuales.
Horacio González, autoridad de la Biblioteca Nacional en un debate con José Pablo Feinmann opinó sobre el tema y dijo: “el gran colectivo nacional llamado pueblo se nos escapa como arena entre los dedos cuando vemos que efectivamente un conjunto de proposiciones mediáticas que lleva a obturar los poros de la comprensión más profunda y alejarnos de los grandes debates”.
Indefectiblemente el conflicto entre medios y pensamiento nacional siempre existirá. Los medios cumplen un falso objetivo que es el de informar y entretener. Todavía no llegó el turno de una garganta profunda que certifique que los medios de comunicación tienen como verdadero rol el crear el caos social en beneficio de míseros intereses.
José Pablo Feinman para reafirmar esta idea dijo en el debate con González que “los grupos monopólicos buscan monopolizar la verdad. La verdad es una conquista del poder, es hija del poder. La verdad de Clarín es su ideología”.
Por su parte, el pensamiento nacional nada tiene que ver con estos objetivos, está emparentado con la cultura de las mayorías, su idiosincrasia y su blindaje hacia sus militantes en beneficio del pueblo todo. Es el revisionismo que parte de saber que los vencedores de Caseros no fueron próceres ni artífices de este país ubicado al sur de Bolivia sino fueron genocidas, entreguistas y serviles imperiales. Por eso, a través de la historia nos encontramos con los medios, voceros del poder real desvirtuando a los protagonistas del campo nacional y popular.
Por eso, vemos como ellos dicen que Perón fue un tirano, un dictador y un corrupto, Néstor un tuerto y Cristina la yegua. Sin embargo, en la vereda de enfrente, nosotros decimos que Perón fue el autor de la primera revolución argentina, que Néstor todavía vive y que Cristina es la morocha que amplió los derechos de la década del 40’.
No es lo mismo lo que ellos dicen que lo que nosotros decimos.

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