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13 de mayo de 2016
Nos siguen pegando abajo
Por Gabriel Russo.
Piso de tierra, cable robado, baño a 30 metros, yerba al sol, ropa vieja esperando ser usada, olores extraños y afecto repartido. Ocho almas en un cuadrado de 20 metros. Los mayores no están. Los menores se arreglan entre ellos para poder consumir un mate cocido con un pedazo de pan duro.

Ellos son una familia común de un barrio humilde común ubicado en un común distrito del Gran Buenos Aires.

Los diferentes planes sociales les permitían comer, terminar el colegio de noche, tener asistencia médica y que algún media clase los ayudara con ropa o algún electrodoméstico viejo.  A grandes rasgos, esa era la vida de una familia pobre hasta hace cinco meses.

Los padres con mediana instrucción escucharon esa voz altisonante que le decía Cambiemos. No escucharon el concejo de otros, no preguntaron por su plan de gobierno, solo confiaron, solo tomaron un globo amarillo para los más chiquitos. A cambio, el voto, ese papel que les iba a traer prosperidad y solo trajo pena, tristeza y hambre. Lo mismo que en el principio del siglo.

Habían dejado el cartoneo y la comida en la basura con los K. Hoy resisten pero el final se ve venir.

No conocen un banco, no tienen plazo fijo, no saben lo que es el interés, y el dólar lo vieron en una película, sin embargo, ellos como cualquier hijo de vecino tienen una deuda en dólares y promete aumentar.

Ellos le deben al FMI como un clase media o un rico. Ellos saben lo que es tomar un mate con yerba de ayer, los mayores hoy comen salteado, los menores se alimentan mal, el perro que disputaba un hueso el año pasado hoy recorre otro barrio para encontrar sobras de un asado.

Cristina se fue y con ella los planes dentales, los planes educativos, y el trabajo. También se retiró la alegría, la esperanza y el afecto. Hoy Macri ordena una vida plagada de problemas, con odio, sin tener en cuenta a los más vulnerables. Nos siguen pegando abajo.

Los domingos de reunión y asado quedaron en el recuerdo. Hoy el mayor ceba mate leyendo un diario que encontró en el colectivo.  Sus canas son fiel testigo de otros tiempos. Los más chicos lo rodean y tratan de acariciar un rostro plagado de preocupaciones. Su trabajo de albañil le preocupa. Muchos compañeros suyos dejaron de serlo.

Su fiel esposa también acompaña. En la tele aparece la imagen del presidente hablando de un gran proyecto y de ñoquis y chorros. El control remoto es accionado. Recorre todos los canales de cables y todos dicen lo mismo. “Estamos mal por culpa del otro y vamos a estar mejor”. Nadie habla diferente. El jefe de familia, se aburre, no entiende y solo con la mirada y en voz baja se dirige a su esposa: “Mucho  no entiendo, pero estos dicen que los otros son chorros, pero con ellos no la pasamos mal y ahora peor no podemos estar. Siempre a nosotros nos castigan, nos humillan, nos hambrean”.

Y si, el hombre no se equivoca: en la década del 30 eran los conventillos contenedores de pobres hambreados, se repite en el 55´ con las primeras villas y luego con Videla y Cavallo.  Siempre vinieron a salvarnos de los populistas con la moral y la seriedad. Siempre pegando abajo. Siempre nos empobrecieron para culpar y borrar de la memoria los proyectos nacionales, los populares, los alegres, aquellos que entienden que la economía está al servicio del hombre y no al revés. Por eso pegan abajo, en la  base de cualquier proyecto peronista.



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