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22 de junio de 2016
Altamiranda: “No me acuerdo de esos días del Padre después de que desaparecieron a mi hijo”
Por Claudia Peiro-Infobae
“Las que luchaban y dejaron la vida buscando fueron las madres”, dice Teobaldo Altamiranda, 87 años, aunque él mismo integra una ONG de derechos humanos desde que fue secuestrado su hijo, en enero de 1977.

 “Hasta el día de hoy ni me acuerdo de que existe el Día del Padre”, dice Altamiranda, ante la pregunta de Infobae. Mucho menos recuerda cómo pasó esas fechas en los años de la dictadura, después de que se llevaron a su hijo, Rubén Omar, de 23 años, y del que nunca más tuvo noticias: “Ni cumpleaños, ni Año Nuevo, no recuerdo nada, sólo pensábamos en buscarlo a él”, insiste.

“No tenemos esa suerte”, dice, en referencia a las familias que, entre otras cosas gracias al trabajo de los antropólogos forenses  –”nunca vamos a terminar de agradecerles por el gran trabajo que han hecho”-, han podido recuperar los restos de sus hijos.

“Los que pueden tener noticias de por dónde pasó su hijo o en qué forma lo mataron no llegan al 3 ó 4 por ciento de los miles y miles de padres y madres…  Y son menos aun, quizá el uno por ciento del total, los que han podido recuperar los huesitos de sus hijos”, dice Teobaldo Altamiranda.

Muy pocos han tenido la suerte de recuperar aunque sea sus huesitos para cerrar el duelo, ponerlos en algún lugar, poder llevar una flor

“Como dijo el dictador y asesino Videla ‘desaparecieron'”, agrega, imitando hasta el tono de voz que usó el presidente de facto en aquella entrevista. “Y de verdad desaparecieron. Fíjese que apenas 2 ó 3 veces por año sale la noticia de que lograron identificar los restos de un desaparecido –agrega-. Todos sabemos que fueron asesinados, de una forma o de otra, arrojados vivos o drogados desde los aviones, fusilados, o que se quedaron en la tortura, y las mil y una que hicieron los genocidas. Pero muy pocos han tenido la suerte de recuperar aunque sea sus huesitos para cerrar el duelo, poder ponerlos en una urnita, en algún lugar, para poder llevar una flor e ir a hablar con esos huesitos”.

Hace unos años, un grupo de egresados de cinematografía, jóvenes a los que Altamiranda recuerda con cariño, se preguntaron, ya que había una organización de Madres, otra de Abuelas, otra de Hijos, qué había pasado con los padres. Y lograron reunir a un grupo de diez de ellos en un documental que se llamó “Padres de Plaza de Mayo. Diez recorridos posibles”, dirigido por Joaquín Daglio. Teobaldo Altamiranda fue uno de los entrevistados. “Creo que quedamos sólo 3 ó 4 de ese grupo”, dice.

“Están casi todos muy mal. El último que se nos fue es Bruno Palermo, que prácticamente tuvo asistencia perfecta a Plaza de Mayo. No faltó un solo jueves hasta que el último año se enfermó mucho y ya no pudo ir”, recuerda.

La desaparición de Rubén Omar

Altamiranda era técnico ingeniero aeronáutico e integraba la tripulación de Aerolíneas Argentinas en vuelos internacionales. El 13 de enero de 1977, estaba en una posta en Miami. A la noche recibió una llamada en el hotel: era su hija que le avisaba que Rubén Omar no había regresado a dormir. Inmediatamente él le pidió a un compañero que lo cubriese y tomó el primer vuelo a Buenos Aires.

“Mi hijo era piloto comercial y militaba en la Juventud Peronista, luego cercana a Montoneros. Era un ‘predicador’. Iba a la villa, tratando de explicar su sueño, su utopía del hombre nuevo y de la igualdad. Creemos que desapareció en Capital Federal, porque aquel día a las 3 y media de la tarde, él llamó a mi hermano, que también trabajaba en Aerolíneas Argentinas, en las oficinas de Paseo Colón 85, y se ve que Omar andaba por el centro porque le dijo: ‘Tío, ¿te puedo ir a ver un rato?’ Y él le contestó: ‘Sí, ¿cuánto tardás?’. ‘Entre 20 y 30 minutos, estoy cerca’. ‘Te espero en la puerta y nos vamos a tomar un café’. Mi hermano lo esperó como una hora. Pero mi hijo no apareció. No apareció nunca más. Nunca tuvimos ningún indicio, nadie lo vio en ningún centro [clandestino de detención] como pasó en algunos casos”.

Sin embargo, la confirmación de su secuestro vino de modo indirecto. Y brutal. Esa misma madrugada, un “grupo de tareas” rodeó y allanó el hogar de los Altamiranda. El padre todavía estaba en el exterior. En la casa se encontraban la madre de Omar, su hermana, embarazada de cuatro meses, y él esposo de ésta, el yerno de Teobaldo. Despertaron a todos y los hicieron salir a la calle a medio vestir. Revisaron todo y sólo se llevaron unas carpetas sin importancia del cuarto del hijo. Al vecino que se animaba a abrir la ventana, le apuntaban con los fusiles y le gritaban: “¡Cierre o le volamos la ventana!”

Allí empezó el vía crucis de este “padre de la Plaza”. Así lo recuerda él hoy, a casi 40 años: “En ese momento había una sola organización que se ocupaba de eso que se llamaba  Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas, cuya presidenta era Lita Ángela Boitano, que ya tenía a su hijo desaparecido cuando yo llegué a ese lugar donde empezábamos a reunirnos los padres y las madres, tratando de saber qué hacer: Dábamos los datos de nuestros hijos, tratábamos de buscar contactos con autoridades, pero todo siempre era negativo, negativo. La mayoría íbamos ahí. Pero claro, no era una lucha abierta, que se conociera. Entonces un grupo de madres, con Azucena Villaflor a la cabeza y otras que luego desaparecieron, dijeron: `Tenemos que hacer algo más efectivo’ y fundaron Madres de Plaza de Mayo. Y para diferenciarse de otros grupos empezaron a utilizar un pañal de tela como pañuelo, es decir, el pañuelo blanco es el símbolo del pañal de sus hijos. Ahí se las llamó las ‘Locas de Plaza de Mayo’ y se hicieron conocidas en el mundo entero por sus rondas. El grueso de los que marchaban eran de Familiares. Cada jueves, era sagrado: íbamos todos, mujeres y hombres, padres, madres, hermanos, hijos”.

“Además –sigue diciendo Teobaldo-, como era muy grande la represión, teníamos que ser cada vez más gente en las rondas. Igualmente los ataques de la Infantería y de la montada eran infernales. La Plaza la conquistamos a fuerza de muchos golpes, de mucha represión, pasaron muchos años hasta que pudimos hacernos dueños de la Plaza de Mayo.

Ante la consulta de por qué, si también iban los hombres a las rondas de los jueves, casi siempre se habla de las “madres” y nunca de ellos, Altamiranda dice: “Las que luchaban y dejaron la vida buscando a sus hijos fueron las madres. Porque dejaron todo, dejaron a los otros hijos, dejaron las tareas de la casa, en algunos casos dejaron su profesión. Y bueno, alguien tenía que trabajar para seguir manteniendo el hogar; entonces los padres íbamos cuando podíamos escaparnos del trabajo. Todos los que podíamos estábamos acompañando a nuestras mujeres porque hacía falta estar junto a ellas también para aguantar los palos. Pero nunca pensamos en hacer una asociación de Padres”.

“Lamento que no le pude explicar la sensación que tuve cuando fue el Día del Padre como me preguntó al comienzo”, dice hacia el final, como despedida, este hombre que, a días de cumplir 87 años, no se cansa de pelear. Es que Altamiranda fue un resistente toda su vida. No sólo en los años de la última dictadura, sino también en los tiempos del exilio de Juan Domingo Perón y la proscripción del peronismo, cuando oficiaba de “correo” entre Puerta de Hierro y Buenos Aires.

“Sinceramente no me acuerdo para nada de esos Días del Padre después que se llevaron a mi hijo”, concluye.

Por Claudia Peiro - Infobae



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