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OPINIÓN

7 de julio de 2016

Pobreza

Por Gabriel Princip.

El gobierno está integrado por diferentes corrientes de liberales, radicales y desarrollistas. De esta última línea política se destaca el ministro del Interior Rogelio Frigerio, hijo del ex diputado Octavio y nieto de Rogelio, ministro de economía de Arturo Frondizi.

El actual ministro no sabe como disimular su disconformidad con el modelo implementado por su par Alfonso Prat Gay. Declaraciones de fe y esperanza en apoyo de este plan, que solo genera pobreza, desigualdad y exclusión, son los conceptos que maneja Frigerio.

Su abuelo trabajó para Frondizi y éste, en plena presidencia, opinaba sobre la pobreza. El hombre de Corrientes decía: “Un pueblo pobre y sin esperanzas no es un pueblo libre. Un país estancado y empobrecido no puede asegurar las instituciones democráticas. Por el contrario, es campo propicio para la anarquía y la dictadura”.

Nada para discutir al desarrollista y se parece a lo que piensa el nieto de su amigo. La pobreza se consolida cada minuto en una nación en vías de ser otra vez una colonia. Las calles del centro porteño ya actúan como dormitorio para los nuevos indigentes. Los nuevos desocupados que abandonan sus pensiones hallan en la calle su piecita para dormitar. También suelen almorzar y cenar en plazas históricas. Un ejemplo lo marca la Plaza de Mayo, donde se dan cita indigentes alimentados por gente con preocupación social. Hombres y mujeres desalojados del sistema encuentran una manera de combatir el hambre.

Por ahí algún tilingo, los califica de vagos o los manda a trabajar sin saber el cipayo -cien por cien portador del virus de la estupidez- que lo que más ansían es un digno trabajo que los retiren de la humillación cotidiana.

Teresa de Calcuta decía: “La mayor enfermedad hoy día no es la lepra ni la tuberculosis sino mas bien el sentirse no querido, no cuidado y abandonado por todos. El mayor mal es la falta de amor y caridad, la terrible indiferencia hacia nuestro vecino que vive al lado de la calle, asaltado por la explotación, corrupción, pobreza y enfermedad”.

La sociedad vive absorta el momento. Los medios dominantes tratan de convencer a la gente de situaciones políticas que no existen. Hablan de un futuro promisorio que se colisiona con calles donde abundan cartoneros, locales cerrados por no poder pagar el alquiler y chicos con hambre timbrean las puertas de aquellos que por ahora tienen un techo y cuatro comidas.

Mientras tanto, el poder se ocupa de temas que solo interesan al microclima político. Emiten por televisión internas y judicializan la política para no abandonar sus sillones, amante y dietas. Ese mundo no es el real, afuera el hambre ataca, la pobreza invade.

El Papa Francisco dijo alguna vez: “Los derechos humanos se violan no solo por el terrorismo, la represión, los asesinatos sino también por la existencia de condiciones de extrema pobreza y estructuras económicas injustas que originan las grandes desigualdades”.

La única verdad es la realidad. El militante de la clase media cayó en la trampa del globo amarillo y este arrastró en su egoísmo y miseria personal a los habitantes de clases pobres e indigentes. El media clase por ahora reclama en el bar, en la radio y en la sobremesa sobre las tarifas aunque suelen desvirtuar esa queja con un “pero no podíamos pagar la luz tan barata”. Mientras la queja cae en saco roto, el nuevo indigente toma su valija, se despide de sus amigos de pensión y busca un lugar en Callao para dormir. Antes, rumbea hacia la Plaza de Mayo para obtener un mendrugo que sacie su hambre y caliente su cuerpo.

Del otro lado de la vereda, el oficialismo de fiesta, ricos, medios y desclasados, saboreando las mieles del temporal poder que la confusión, la tontería ilustrada y la mentira les proveen. Una burbuja los cubre y los estaciona en un garaje fantasioso, irreal y miserable. Esta fiesta es para pocos, solo para aquellos que supieron emborracharse con el champan de la lujuria y el ron del egoísmo. En esa visión Joan Manuel Serrat diría: “Y con la resaca a cuestas, vuelve el pobre a su pobreza, el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas”.

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