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13 de octubre de 2016
El secreto de tus ojos
Por Simón Radowistky.

Se termina el 2016.Y uno imagina al país como si fuera una mujer. Su nombre, Argentina. Su edad, joven todavía. Familia, numerosa. Estudios no tantos. Altura, depende la provincia. Ojos, los suficientes para observar una cantidad de habitantes tristes, otros enojados. Pero en el fondo, traspasando la retina, las lágrimas ocultan un secreto. Y como tal no lo sabemos, no entendemos, no lo comprendemos pero tratamos de imaginar.

La mirada desde afuera hacia adentro es negativa. Otrora nos observaban alegres, novedosos, dinámicos, con todas las ganas de constituirnos en Nación. El pensamiento nacional de a poco volvía a presentarse en sociedad. La cultura se visibilizaba en cada esquina, en cada cine, en cada librería. El trabajo no faltaba. Lo pobreza dolía pero no tanto. La juventud se empoderaba, la patria era el otro.

Hoy las cosas trocaron. Los CEOS representan en el gabinete nacional al poder real. La oligarquía se asocia al modelo corporativo. Partidos políticos y jerarcas gremiales se cuadran ante la nueva visión política. El pueblo dolorido y lejos, absolutamente distantes de un porvenir venturoso. Sin demasiadas explicaciones, señores, el imperialismo dijo otra vez presente en la historia argentina. Las vacaciones han concluido. Volvemos a la factoría de los 30´, de la revolución libertadora, del proceso, de los 90´, de la alianza. Volvieron para llevarse millones.

El silencio también se presenta en sociedad. El imperio no deja resquicio. Los medios dominantes dominan todo espacio de expresión. La superestructura cultural entregó el libreto al sistema. Políticos, periodistas y miembros de la cultura son la fuerza moral de una colonia que está siendo desbastada en lo cultural y económico.

La premio Nobel Rigoberta Menchu dijo: “El imperialismo, para los pueblos indígenas, ha sido el silencio. Es el que quisiéramos verdaderamente derrotar algún día, porque un pueblo silenciado es más doloroso que un pueblo que habla y no se escucha. No hay cosa más triste que el silencio como regla sobre los pueblos”.

El imperialismo acorrala a un país que estaba a un paso de la industrialización. Una sociedad que había resistido a la visita de un oscuro Tío Sam y un Fondo que hizo su entrada triunfal en un gobierno enamorado de las corporaciones.

El imperio no deja respirar aires de libertad. Ordena a sus fuerzas cipayas ocupar el mayor espacio posible en la menor cantidad de tiempo. Alguna vez, Fidel Castro dijo: “Todo lo que es revolucionario, lo que enseña, lo que trata de guiar, lleno de luz y conciencia de claridad y de belleza a los hombres y a los pueblos a mejores destinos, hacia más altas cumbres del pensamiento, de la vida y de la justicia, encuentra la reprobación más encarnizada del imperialismo, encuentra la valla, la condena, la persecución macartista”.

Hoy el país ha cambiado. La derecha otorgó el giro correcto para sus intereses. Los derechos han pasado a la clandestinidad. El optimismo, el humor social y la idea de patria recorren el arduo camino del exilio. El imperialismo no duda un instante. La esclavitud disfrazada bajo la idea de salario miserable se consolida en un gobierno que no tiene piedad con las mayorías y se entristece cuando no puede cumplir con la elite. La oligarquía sonríe con el gran trabajo de las corporaciones, desde la década del 30´ que no se la notaba tan feliz. Los apellidos beneficiados con la muerte de los originarios dictan cátedra de moral y buenas costumbres. “Pero más abominable aún que los imperialistas son los hombres de las oligarquías nacionales que se entregan vendiendo y a veces regalando por monedas o por sonrisas la felicidad de sus pueblos”, sentenció Evita cuando la Argentina era feliz.

La Argentina es esa mujer. Esa morocha, sonriente, dinámica que un día fue abandonada. Apareció alguien distinto en su vida, alguien que dijo que el cambio la iba a beneficiar, alguien que abusó de ella, alguien que la sometió y la golpeó. El rostro de esa mujer fue invadido por la tristeza, las lágrimas suplieron a la alegría de antaño, el dolor pretende dar fácil cuenta de ella. Pero no todo está perdido, allá en la trastienda de la mirada se esconde la fuerza de la desobediencia, de la rebeldía, del “acá estoy yo”, del bancar los trapos y el aguante a una mayoría que no quiere ser violada. Ese, ese es el secreto de tus ojos.



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