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OPINIÓN

7 de noviembre de 2016

El lujo es vulgaridad

Por Gabriel Princip.

“La multitud no odia, odian las minorías, porque conquistar derechos provoca alegría, mientras perder privilegios provoca rencor”, dijo alguna vez Arturo Jauretche.

Nunca tan acertado el hombre de Lincoln. Antes y ahora, uno debe preguntarse qué molestaba a las clases altas, ¿Que un pobre pudiera ir de vacaciones? ¿Tanto irritaba que aquellos que menos tienen pudieran completar sus estudios mediante programas sociales? ¿Se puede explicar el rencor de un adinerado cuando se enteraba que alguien que vive en piso de tierra cobraba 800 pesos?

Esa clase media pacata nunca pudo entender la felicidad de un hombre o de una mujer de haber confesado su orientación sexual para unirse a alguien amado. Esos militantes del odio eterno jamás entendieron que una ama de casa es una trabajadora y merece, ella más que nadie, una jubilación.

Escuchar a un coro de jubilados pedir por el 82 por ciento móvil  y al mismo tiempo criticar al ama de casa por no haber aportado y cobrar su jubilación es al menos patético.

Resulta hasta tragicómico ver como hombres y mujeres que vivían con lo justo se alineaban a la oligarquía para someter a un gobierno popular y darle el triunfo al mundo empresarial que de a poco está terminando con un país.

Así y todo, la multitud no odia. Esos hombres y mujeres agradecidos, de buena fe y buena madera marchan al son del amor y de quien lo transmite. Las minorías se instalan al lado del odio, del rencor y de esa sinrazón que les permite discriminar, descalificar y quedarse 40 minutos  un domingo en una iglesia para interpretar el papel de buena persona.

Ese católico sin cristianismo, ese cristiano olvidado de los diez mandamientos es el mismo que replica cuanto insulto observa en las redes para reducir a sus paisanos pobres a la mínima expresión del ser humano.

La militancia en la clase media no cesa. El amor es una asignatura pendiente y el diez felicitado siempre se saca en rencor y descalificación. Ese felicitado que llega por bastardear a un par, a alguien como él, pero con menos dinero. La aprobación siempre llega por su conexión con el materialismo y su exilio en lo espiritual. Su vida es frivolidad, apariencia, carencia de afecto y lujo, un lujo que es vulgaridad porque margina a todo aquel que piensa diferente y entiende a la construcción colectiva como la solución a la vida de una sociedad toda.

Una mayoría optó por el cambio, el cambio para mejor, pero más temprano que tarde cada uno de esos votantes entenderán que ese cambio solo sirvió para el empoderamiento empresarial y que estos hagan y deshagan  sin tener en cuenta a los habitantes del país, a aquellos que los votaron, a los mismos que desfalcan, tarifas mediante. Pero se está a tiempo, el voto es un freno, utilicemos esa herramienta democrática para bien y  nunca hay que olvidar que el sabio puede cambiar de opinión, el necio nunca.

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